Si recuerdo bien fue el año 2001 cuando en Paris se realizó la Feria de la Libertad de Expresión. Las minorías acudieron a expresar sus pensamientos, sentimientos e ideas. Discriminados por su orientación sexual, política, económica, religiosa, se dieron cita en esa fiesta de la libertad. Todo iba bien hasta que llegaron los neo nazis a exigir su lugar y su derecho a expresarse. La negativa terminó en una batalla campal y el cierre y término de la feria.
En esa época me encontraba actuando en una obra de Shakespeare en Nueva York y compartía camarín con un colega homosexual. El me hizo ver lo aberrante de la situación. Me comentaba que sin importar cuan terrible fuera lo que ellos representaban, deberían haberles permitido expresar sus ideas. "Así uno puede saber lo que dicen, saber lo que piensan, y de esa manera se les puede rebatir con ideas" Lo contrario es hacer que su odio y su resentimiento, producto del rechazo y el destierro, solo crezca en el silencio y la oscuridad. Aprendí el valor de la libertad de expresión.
Ayer leí con estupor y un poco de miedo que los seguidores de Pinochet y la dictadura había celebrado con una misa el día de los presos políticos militares, "aquellos chilenos que combatieron al terrorismo marxista".
Me acordé entonces de mi colega actor. Después de todo, tal vez es mejor así.
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